Por Horacio Semeraro.
ARTES /LA GACETA - Noviembre de 2007
Pintora, escultora e historiadora tucumana, Marta Díez ofrece en este libro una exquisita muestra de sus esculturas y máscaras, acompañadas por la interpretación poética -sensible y lograda- que ellas le sugirieron al escritor Rubén Vela. La muestra se abre con un una pintura collage de rostros y máscaras de sugerente belleza. Expresan las vísperas de una fiesta de color y seductora armonía que caracteriza a la exposición en el conjunto siguiente, sobre la base de una edición destacable por su elegancia y por su fotografía.
La fuente de inspiración es completamente variada y versátil: desde las máscaras zoomorfas faraónicas hasta las rituales mayas o aztecas de América Central, pasando por las andinas, conviven en la muestra con bellísimas esculturas africanas de placidez y sonrisa giocondina (y largos cuellos que recuerdan aquellos anillados, orgullo tribal de "zulúes" y "zambias ntendeles") junto a chamanes, pájaros de la noche y una lograda recreación de Buda. O la originalidad sorprendente de la mixtura entre la máscara carnavalesca veneciana y la expresión autóctona -de reconocibles matices norteños- de su obra Gaceta literaria, realizada justamente y terminada con hojas de papel de LA GACETA Literaria, que adorna, además, la tapa del libro.
Confeccionadas predominantemente en papel maché cartapesta y óleo, fueron completadas y ornamentadas con tejidos, lentejuelas, cristal de roca, plumas, caracoles, vidrio, aluminio o dorado a la hoja, de acuerdo con el llamado de la creatividad inagotable de la autora y con la paciencia infinita que demandaron. Imbuidos de religiosidad pagana panteísta, sus máscaras de cuencas vacías conllevan milenarios secretos -del otro lado de su faz- que la autora trató de descifrar, según sus propias palabras preliminares.
Guerreras, sagradas, rituales o festivas, las máscaras explicitaron desde siempre la suprema necesidad del hombre de asumir distintos roles, conformando a las divinidades y oteando los límites del universo, más allá de sus propias narices. Marta Díez Ojeda parece haber sustraído a distraídos dioses los secretos que ellas encierran -otro tanto ocurre con las esculturas- escuchando, quizá, ancestrales, atávicos llamados que supo interpretar con fidelidad desde una creatividad solvente y decidida, ya avalada por acreditadas opiniones de la crítica especializada, que sorprende gratamente por su potencialidad artística. ©