Por Bertha Bilbao Richter
Con materiales como papel maché, cartapesta, óleo, telas, vidrios, aluminio, tejidos, tierra pegada, caracoles, plumas, lentejuelas, acrílicos, cristal de roca, piedras semipreciosas y hierro, en algunos soportes o pies, Marta Díez Ojeda nos ofrece su mundo de Máscaras, artísticamente fotografiadas por Gustavo Díaz Spólita, Agustín Muguerza, José Luis Barros, G. Piñeiro y H. Molina Suárez, en una lujosa edición de Alejandro E. Caride , quien participó también en las conversaciones con la artista y el escritor Rubén Vela, responsable de los textos poéticos cuya traducción al inglés por Sara Samet de Gullco, hacen de este libro un rico objeto cultural diseñado cuidadosamente en el Estudio de Marius Riveiro Villar.
La máscara como fisonomía fingida que se superpone a la verdadera surge en épocas y pueblos remotos, coincide con la evolución del totemismo, pero las razones de su uso y de sus funciones se extienden en épocas posteriores.
El vocablo máscara es un derivado del latín mascus- masca que significa fantasma, y del griego prosopon, delante de la cara; era usada para configurar el personaje del teatro que debía hacer resonar la voz con el fin de hacerla audible por los espectadores. Estas situaciones que registra la historia de la antigua Grecia, permitían al portador tomar el carácter o las cualidades del ser representado en ellas.
Por los estudios antropológicos sabemos que la máscara, en diferentes épocas y culturas fue portadora de un aura de misterio, cualquiera haya sido su función ritual o religiosa con propósitos ceremoniales, o fines sociales: para evitar ser reconocido, como protección en las luchas o torneos, punitivas- a veces vergonzantes del que sufre un castigo- o terroríficas, para dominar o controlar. Durante el carnaval, desde el medioevo hasta hoy, las máscaras son usadas para subvertir el orden social o quebrantar las jerarquías. También hay una larga tradición que registra la existencia de máscaras mortuorias paralelamente a aquéllas simplemente decorativas. Durante la modernidad se usaron por los miembros de las sociedades secretas, con fines orgiásticos, como hemos tenido oportunidad de ver en el film Ojos bien cerrados, de Stanley Kubrick. La posmodernidad registra el artificio del enmascaramiento con fines estéticos o para el protagonismo de hechos delictivos. En todos los casos, la máscara oculta, disfraza o revela.
José Emilio Burucúa en el Epílogo de este libro subraya la diversidad y los varios significados y funciones de las máscaras y explicita un rasgo común: el deseo de ser otro, que conlleva la mutilación o el homicidio del yo. Señala también que esa "representación quimérica de bestia polimorfa", de partes dispares de animales diferentes o antropomorfizados, produce en el receptor un conglomerado de emociones, de ahí por qué nuestra artífice explicita en las palabras liminares del libro, su obsesión por las máscaras y por lo que hay detrás de ellas.
El libro de Marta Díez, nos muestra su capacidad de absorción de diferentes culturas, su esfuerzo como investigadora y la impregnación de lo numinoso en su arte.
Muestra también que la tecnología no ha derrotado a la sensibilidad que confluye en su mirada atenta y en esa búsqueda de originalidad y de innovación propia de los artistas de vanguardia que reconocen que lo que se ha hecho antes, aún puede retornar, puesto que no existen tendencias fagocitadas por otras. De la sucesión de escuelas o corrientes, sólo es válida la libertad, ya que ha caído la noción de paradigma y nos hemos vuelto perceptivos de las diferencias.
Trabajar con la alteridad y dialogar con otras culturas a través del arte nos lleva a estar menos ensimismados, más abiertos al mundo. Pienso que éste ha sido uno de los propósitos de la artista.
Rubén Vela otorga a la obra un plus que la enriquece; su participación acrecienta el misterio. Parece percatarse de que la explicación, el comentario, el análisis, lejos de iluminar el corpus artístico de Marta Díez, puede enrarecerlo, de ahí que optó por ofrecernos textos poéticos para transmitirnos sus emociones. Una digna correspondencia de las artes.
Hay máscaras cuya mirada, habitada por el espíritu que la ha animado está clausurada para quien intente hacerla propia. Son aquéllas de los ojos pintados, aquéllas que la autora denominó: "Los rostros que se alejan" y que presentan rasgos de diferentes etnias y culturas pero en las que se percibe la impronta de nuestro siglo: "...han cruzado el infinito hasta arribar a un mundo diferente", escribe Rubén Vela (8) . Apreciamos también la "Máscara del Faraón", cuyo dorado a la hoja ilumina la melena del león que lo representa como soberano. Sus ojos nos retacean la posibilidad de mirar desde la perspectiva del enviado del Sol, sólo podemos sentirnos mirados por esos enormes ojos pintados del rey de los felinos.
También con los ojos pintados somos mirados por la máscara denominada "Recordando Tilcara" y que Rubén Vela percibe como el ejercicio del poder del chamán (32-33)
El ensimismamiento de Buda para contemplar la sabiduría del mundo que ha interiorizado, no podría estar mejor representada que con los ojos cerrados. Del mismo modo vemos al "Señor del maíz", bellamente decorado con lana, tejidos, fibras, caracoles y cuentas.
Tanto las máscaras- o más propiamente esculturas- que se muestran bajo el nombre "Liberada" y "Mujer kayán" (40-41) aluden a las exigencias femeninas de la ornamentación, siempre requerida en todas las culturas y que en algunas de oriente, causan dolor físico a la mujer. Quizás los ojos entrecerrados reflejen la sumisión ancestral de la condición femenina.
Pero es la máscara denominada "Mujer", (20-21) que en la interpretación de Rubén Vela es la diosa de la circuncisión, la hacedora de hombres heridos ritualmente en la adolescencia, el rostro aterrador de ojos entornados, que parece centrar la mirada tan temida en su sangriento oficio.
Sin embargo, Marta Díez privilegia en este corpus de máscaras, aquéllas de los ojos vacíos que parecen contemplar la nada o quizás "el rostro tangible de Dios" (6).
"El sol gira" (12-13) apela al deseo de mirar por la abertura de los ojos para sentirnos el astro dador de vida y el heliocentro que nos conduce al subyugante mundo del poder. Sus elementos dispares y heterogéneos nos remiten también al ocaso, que se homologa con la muerte. Nuestra psique dará un sentido a esta máscara que si bien nos recuerda Venecia del siglo XVIII, tiene también la magnificencia de las monarquías solares de la historia de la humanidad, y por qué no, la videncia de un poder omnímodo al que podemos, en un futuro, estar sujetos. De ahí que la atracción de la belleza es también, por momentos, paralizante.
El texto "Alquimia", de Rubén Vela -no sería arriesgado suponer que fue el poeta quien dio nombre a la máscara (14-15)- alude a la transformación de la muerte en vida, al mito del eterno retorno tan presente en la cosmovisión del hombre arcaico. El lapizlázuli, la malaquita y los jades guardan la energía del hombre aún a través de la muerte, y hasta su regreso.
El texto de Rubén Vela titulado "Serpiente emplumada", inscribe la escultura "Diversidad expuesta" (16-17) en la cultura azteca y en el tiempo mítico de Quetzalcoatl, el dios del poder ilimitado que "señala los límites del encuentro del cielo con la tierra".
Luego, desde las máscaras que evocan el telar indígena (18-19) pasando por las que rememoran al Dragón bicéfalo (22-23) o la del solitario chamán que "juega con los dioses desprevenidos/ y se convierte en dueño del universo" (24) en el texto de Vela , hasta las frívolas máscaras venecianas del 1400 (29) o aquéllas protectoras de los guerreros japoneses, africanos, vikingos, o de los torneos medievales (38-39), transitamos un mundo en el que la artífice nos invita a escuchar ecos de tiempos pasados, a percibir imágenes que estallan en una polisemia inacabable para el observador que, frente a la oscuridad abisal de las órbitas vacías, reitera la pregunta filosófica por el ser y su manifestación en el espacio tiempo.
Finalmente, una referencia especial para la máscara que Marta Díez denominó "Riqueza" y que Rubén Vela interpretó en su texto titulado "La que está y no está" (36-37) . Se trata de una máscara mortuoria que por su rica ornamentación, podría ser la de una reina; poco importa determinar su casta o su procedencia, en ella se hace presente la exaltación de un atributo femenino: la belleza, que la muerte puede aniquilar pero que el arte rescata para la posteridad. Pero también es el ánima, la personificación de todas las tendencias femeninas en la psique del hombre, en especial, su relación con el inconsciente, según Jung, ya que adopta el papel de guía y mediadora entre el ego y el sí mismo, en el mundo interior. Es la Beatrice en el Paraíso de Dante, o la diosa Isis, o la Madonna Celeste de los "Fieles de Amor", o María, la Virgen y Madre de Cristo.
Quiero finalizar con un concepto de Marta Díez: la máscara "es una de las primeras representaciones de la aventura religiosa del hombre" (6). En efecto, los ojos de las máscaras o ese abismo hundido en la antimateria, parecen mirar lo cercano, la realidad fenoménica, la vida en su totalidad, dadora de placer y dolor. Pero del mismo modo, lo lejano trascendente, la génesis y el fin de lo humano, la soledad y el amparo divino. Muestran también esa mirada que se vuelve hacia el adentro para una contemplación hacia el sí mismo, como proceso final en la búsqueda de la individuación descripta por Jung.
La plenitud del hombre y la realización de su existencia es la visio beatifica, esto es, la visión que hace feliz que no es otra que la contemplación del fundamento divino del mundo. Ya Anaxágoras se preguntaba ¿Para qué he nacido? y arribaba a la respuesta: para contemplar. Hacerse contemplativo implica poseer una visión ampliada que nos sustraiga del aquí y ahora cotidianos y nos muestre la realidad de lo eterno.
Theilard de Chardin se inserta en la misma tradición cuando asevera que la evolución del mundo depende de lograr "ojos más perfectos". Son los ojos que se aproximan a aquellos capaces de ver y de verse, aquellos que pueden estar siempre dispuestos a comprobar, a través de nuestros propios ojos, detrás de las cuencas heridas de alguna máscara, la existencia de Dios, como lo señala Rubén Vela en el texto "Justificación" de esta singular galería de Máscaras y Esculturas de Marta Díez.
En la filosofía actual, de orientación fenomenológica, se revalora la visión como vía de conocimiento. De hecho, la intuición de Husserl ha sido expresada como un ver en la interpretación de Merleau Ponty. El mirar pertenece no sólo a la geografía de la corporeidad sino que es además una dimensión del intelecto para la aprehensión metafísica. Esa mirada, que paradójicamente es presencia y ausencia, es visión y ceguera, esa mirada que Marta Díez rescata en sus máscaras, es la apertura del personaje a la existencia y a la comunicación con el otro, pero es también la apertura de quienes la contemplamos, a nuestro propio mundo interior y a los universos desconocidos.