2009 - Crítica de Nélida Norris sobre el Libro Marta Díez Máscaras - Esculturas & Rubén Vela - Poesías
Por Nélida Norris
Insólita en el relieve artístico, esta obra resplandece por la sensibilidad imaginativa que, simultáneamente, interpreta la originalidad plástica de arcanas máscaras y complementa estas fantasías visuales de la mentalidad primitiva con el prisma mágico de la poesía. Marta Díez, pintora y escultora, y Rubén Vela, poeta, ensayista y crítico de arte, son los dos artífices que prestan sus nombres a este enlace textual entre el arte etnológico y la palabra armoniosa.
Sabemos que la máscara fue un accesorio religioso de valor intrínseco en la etnia del hombre primitivo. A modo de nota prologal, Marta Díez percibe en la máscara “una de las primeras representaciones de la aventura religiosa del hombre” (6), conclusión a la cual Rubén Vela le añade su puntualidad lírica en estos versos:
De los infinitos rostros de Dios
que pueblan al universo maravilloso
sólo uno permanece con los ojos abiertos.
Esa máscara solitaria con sus cuencas heridas
que Marta Díez recrea
en la memoria profunda de la noche
es la comprobación exacta de que Dios existe
a través de esos ojos vacíos.
(Justificación, 7)
Por de pronto, vale notar que hay cierta clarividencia en estas aserciones poéticas visto que, a fines de 1970, el Vaticano asume la creación del Pontificio Museo Missionario-Etnologico, institución destinada a coleccionar máscaras, estatuas y artefactos típicos de la cultura y la tradición de los pueblos aborígenes con el noble propósito de instigar comprensión y respeto por el trasfondo religioso de esos pueblos y reconocer, en ese imaginario primitivo el principio de la creencia en Dios.
Visualmente llamativas, el total de más de veinte máscaras coexiste en un espacio de versatilidad artística y veracidad etnológica en contacto con la iconografía de pueblos primitivos tan distantes y dispersos como las diversas tribus del continente africano, Oceanía y América. Asimismo, en una aproximación al primitivismo místico, Marta Díez siempre busca captar los signos primordiales de la fisonomía humana. De hecho, a veces los rasgos de sus máscaras muestran un embeleso sensual en la curva de sus labios, tal como el que exhibe la máscara dorada titulada “Riqueza”, o bien una impudencia no exenta de humor, como da el caso en “El señor del maíz” dientudo individuo de chispeante visaje. Y, en otro plano más provocativo, el enmascaramiento revela la faz de una hechicera cuyo semblante, entre socarrón y misterioso, encubre la truculencia de su magia insospechada y carnal revelada en este airoso testimonio:
Soy la bruja terrible, soy la máscara
de la diosa de la circuncisión, temida por los adolescentes
a quienes anualmente convierto en hombres.
Dientes finos cortan el nudo de la vergüenza
y el que es herido por mí gozará del favor
que desparramo como hacedora de hombres.
Soy la bruja que brinda amor en su sacrificio.
(La divina dama, 20-21)
Es notable el parecido de esta máscara con la titulada Murana Pwo, originaria del África Ecuatorial. Aunque de rostro más recatado que el de “La divina dama”, las señas faciales guardan un singular parecido en la curva de la boca semiabierta, en los párpados caídos, en el tocado de guedejas sueltas y en el inconfundible signo inscripto en la frente de ambas mujeres cual si éste fuese un distintivo de elevada casta.
Tampoco queda fuera de esta configuración ideográfica la figura, a veces pavorosa, otras alucinada, del chamán, arrogante eminencia de su tribu que: “Juega con los dioses desprevenidos / y se convierte en dueño del universo (Árbol sagrado, 24). O bien, amparado por su insignia totémica, saca provecho de la vulnerabilidad femenina con la autoridad que le otorga su poder mágico, aquí transformado en cautivante deliquio por la pluma lírica de Rubén Vela:
Convertido en un pájaro de la noche,
el brujo, invoca a sus diosas amadas,
para probar los líquidos del amor, la pasión de un día.
Su silueta atrae a las mujeres,
convirtiéndolas por medio de su pasión,
en rosas descarnadas y gritos que se confunden
con los cánticos de los animales salvajes.
(Pájaro de la noche, 30)
De espectacular impacto visual es la máscara que Díez le dedica al astro rey. Aureolado por un semicírculo de puntiagudos fulgores del oro más refulgente, este “padre de la Vida” expande “hacia la mitad del mundo” su radiante lozanía, mientras “guarda / la otra mitad para los sueños” (El sol gira, 12).
El dominio pictórico de Marta Díez la alza a otro nivel de ímpetu artístico. Sugerido en un friso de carnavalesco humor que aúna a graciosas enmascaradas de “épocas y eras que han cruzado el infinito” y, ahora, congregadas alrededor de una mujer de bello rostro y enigmática mirada nos dan “cierta alegría a la dura profesión del vivir.” (Los rostros que se alejan, 8-9). Y, de paso, conjuran una nueva referencia artística en la exuberancia creadora que nos regala Marta Díez en esta obra.
A su vez, dos contribuciones: el Epílogo de José Emilio Burucúa, interesante en el atisbo que aporta a la “representación quimérica” para definir a la máscara, y la excelente traducción al inglés de todos los elementos que integran la dimensión informativa e iconográfica del texto añaden su apoyo a este proyecto artístico.
En efecto, esta es una obra sui generis por su bravura plástica de mesmerizante visualidad, a su vez enlazada a una fluencia lírica de intuitiva originalidad.
Bibliografía. Johnson, Paul. ART. A New History. New York: Harper Collins, 2003, The Vatican Collections. The Pagacy and Art. Publicado por The Metropolitan Museum of Art, New York y Harry N. Abrams, Inc. New York: 1982.
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Nelida Norris
University of Miami, Argentina Reside en Florida U.S.A. "Doctora con Distincion" en Hispanic Literatures, RIB (organo literario de la O.E.A. "Miembro distinguido" de La Sociedad Argentina en Miami).